El vudú y la supervisión abusiva



Hay un concepto muy interesante que se denomina “supervisión abusiva”. Tepper lo definió en 2000 como la percepción por parte de un trabajador de comportamientos hostiles verbales y no verbales (sin llegar a agresiones físicas) por parte del supervisor o mando intermedio. Algunos ejemplos muy habituales son las críticas en público, groserías como insultos o faltas de respeto, extorsión (presión para conseguir algo), etc. 

Este modelo de supervisión genera problemas para los trabajadores implicados y para la propia organización. Desde altos niveles de burnout, pasando por una menor satisfacción laboral, frustración, posible depresión, un mayor conflicto entre el trabajo y la familia y una reducción del grado de compromiso del trabajador con la organización. Por cierto, aunque la denominación no tiene nada que ver con el entorno de las enfermeras (se habla de supervisión en cualquier tipo de organización), hay muchos artículos sobre el impacto de la supervisión abusiva en las enfermeras, como este que destaca el impacto en la salud de la enfermera y en sus resultados asistenciales.

Dado que la supervisión abusiva genera una percepción de injusticia (ataques no justificados, aislamiento y acusación subjetiva) en el trabajador, los trabajadores pueden llegar a plantearse represalias contra el supervisor con el único objetivo de restaurar la justicia en la organización. Lógicamente, estos comportamientos son tan reprobables como la propia supervisión abusiva, y no es nuestra intención alentarlos, pero la evidencia respalda la necesidad de que se produzca una reacción ante el abuso.

Un estudio de 2018 lanza dos propuestas. La primera habla de represalias simbólicas, concretamente de clavar unas agujas de vudú en un muñeco que simula ser el supervisor o el jefe. Curiosamente, este artículo fue galardonado con un premio IG Nobel por este descubrimiento. Esta represalia simbólica ayuda a reducir la sensación de injusticia y abre un camino para detectar y promover este tipo de actos, aunque es cierto que son difíciles de poner en marcha.

La otra propuesta es mucho más clara: las organizaciones deben establecer una política de tolerancia cero ante los abusos de los supervisores y mandos intermedios. Y si en algún momento, algún trabajador acusa a su jefe/supervisor por algún comportamiento, las organizaciones deben analizar si existe alguna situación como las descritas o algún problema de fondo. Si la organización se centra en defender al jefe/supervisor y “castigar” al trabajador, la sensación de injusticia crecerá. 

En resumen, si diriges una organización sanitaria y te llegan “señales” o avisos sobre un jefe que tiene un comportamiento como el descrito en esta entrada: 
– No pienses que es simplemente envidia o manía de los demás porque es un jefe que obtiene buenos resultados, en ocasiones nada es lo que parece.
– Antes de defender al jefe (en parte porque lo has nombrado tú), piensa si esos avisos tienen fundamento. Quizás una conversación, una inspección o una reunión pueden ayudar a entender si se trata de una situación real o no.
– Si el jefe ha generado esa situación, intenta arreglar el problema (sin castigar al trabajador denunciante y sin que el trabajador “agredido” sea considerado culpable). Si no hay arreglo posible o si la “agresión” ha sido grave, quizás ha llegado el momento de cambiar de jefe.
– Ah, una cosa más. En ocasiones esos comportamientos agresivos nacen de las propias políticas corporativas, como la no sustitución de profesionales o la presión asistencial por falta de personal. Ser supervisor en entornos de presión no es fácil y quizás esa situación abusiva tenga su origen en las propias normas de la organización. Pero una cosa es la presión y otra mantener el respeto por los profesionales, y esto último hay que mantenerlo en todo momento.

El equilibrio es complicado, ¿verdad?

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